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Terra
La Coctelera

Tu nombre

Tu nombre intenta naufragar en mi lavabo, y yo, maniatada por cadenas, por eslabones que son recuerdos, que son pecados, que son tristezas que se amordazan con los ojos cerrados, le lanzo un salvavidas. Pero se niega a cogerlo. Una vez más le parece vejatorio aceptar mi ayuda... Pero eso ya no me sorprende.

Siempre han sido así tu nombre y su orgullo masculino. Y en el fondo una se enternece un poco al verlos flotar y pedir auxilio mientras se arremolinan en el desagüe y se descomponen y se desintegran y se esfuerzan por no perderse para siempre entre ninguna parte y el olvido.

Seis letras negras como cucarachas se esfuerzan por salir del agua, por agarrarse al tapón de goma que cuelga del cuello de un grifo rechoncho y necio que parece sonreír ante tal desastre. Y las letras giran como la bola de la ruleta de un casino, mientras yo rezo porque salga el número por el que he apostado mil caricias con interés.

Instintivamente me doy la vuelta para no contemplar la catástrofe y un gorgojeo se escucha a mis espaldas. Me giro de nuevo, lentamente, para descubrir con los ojos llenos de lagrimas que acaba de desaparecer de mi vida lo único que me quedaba de ti. Tu nombre. ¿Cuál era?

Creen que es alergia pero es amor

Creen que es alergia, pero es amor. En realidad la nariz roja y los ojos llorosos fueron mi mejor coartada para colarme en el funeral.

 

-¿Pero mujer, con su alergia, cómo se le ocurre trabajar para una floristería?-preguntó la viuda.

- Vocación, supongo- respondí fingiendo un estornudo.

Mientras me dirigía al altar con la corona de flores pensé que debía tener cuidado. El mínimo paso en falso podía desvelar que yo amaba a ese muerto.

 

El final

Digamos que te alejas y que yo robo tu calle

Que dejo a Madrid huérfana de abrazos y de detalles

Que paro los coches con un soplido

Que me subo a la Cibeles para no celebrar

que la ciudad de la que nos hemos ido

ha quedado desierta ahora que volvíamos a temblar.

 

Digamos que de pronto te pierdo o te dejo

Que al mirarme en el espejo no puedo desfruncir el entrecejo

Que me ha cambiado la cara y el gesto al dejar de sonreír

Que a penas me quejo al devolverte de nuevo el mes de abril.

 

Digamos que compruebo como dos años enteros caben en una sola caja

Que he dejado de buscarte en la estación

Que de la cama en la que pasaban los meses el colchón

Con el tiempo y la falta de besos se ha vuelto añejo como el ron,

y puede que en vez de edredón hoy me arrope una mortaja.

 

Digamos que no pasa el tiempo, que nunca suena el despertador

que los lunes del calendario se aferran con uñas y dientes al número rojo

que parece que no llega el momento de echar el cerrojo

por miedo a que vuelvas una noche de reojo pidiéndome un hueco en el colchón

y un abrazo por la espalda en Sam’s town y robarles a los killers una canción.

 

Digamos que una noche las temperaturas bajan a menos cero

Que de pronto nos quedamos sin un bolsillo donde refugiarnos durante el mes de enero

Cuando la gente descuelga ya de las calles los motivos de navidad.

 

Digamos que descuelgo y me cuelgas

Que mi despedida queda comunicando para siempre

Que cada mañana abro los ojos y escucho tu silencio en el contestador.

Digamos que me arrastro por calles en blanco y negro

Que el invierno en el destierro es un monólogo en busca de amor.

 

 

Laura Ledesma Rodríguez

El principio

Digamos que un día desapareces y yo robo la calle

Que la gente comenta a todo detalle

Que te fuiste porque eras una ilusión,

Que de nuevo yo te había inventado

que no exististe nunca,

que locos hay muchos

y a mi hay veces que me sobra imaginación

pongamos que no les falta razón.

 

Digamos que un día te encuentro y tengo miedo

De que la gente me vuelva a apuntar con el dedo

De que salgas velado en el fotomatón,

Cojo la mochila y me marcho

Dejando mi huella en el asfalto

Mi imagen en cada cristal del metro

Nuestro recuerdo en cada estación.

Pongamos que huyo en avión.

 

 

Digamos que en mi viaje te extraño y te espero

Que desde que nos vimos siento que te quiero

Me prometes que volveremos a vernos

Que esto no ha sido un simple encuentro

Y que las historias con final feliz

Empiezan por un beso en algun lugar de Madrid

Pongamos que fue asi.

 

Dicen que la lluvia nunca vuelve hacia arriba

Que no es normal que por estar a tu lado me sienta más viva

Dicen que al anochecer aparece un rayo verde en el cielo

que me he hecho adicta a enredar mis dedos en tu pelo

Dicen que el amor no es más que una tonta utopía

Que no es amor la sonrisa que me despierta a tu lado cada día

Dicen que debería darnos vergüenza

querernos tanto o más que el primer día.

 

Digamos que nos acostumbraron a las despedidas

A los andenes, a los mensajes, a las horas exprimidas

Al no poder remolonear la víspera de la partida

Porque ya sólo quedaba un día más

Y nos obligamos a las lagrimas suicidas de domingo

A los pactos secretos del ir y venir

A los reencuentros, a las huídas

Al vivir en un maletín.

 

Digamos que Sherezhade se enamoró del sultán en la noche mil

que yo no sabia que era un beso de verdad hasta despedirme de ti

que el poeta solo escribe de tristezas, de meses robados de abril

Y yo la verdad es que si no escribo es por pereza

Por no querer enterrar las páginas que aun me quedan por vivir.

AL OTRO LADO DEL CRISTAL:

Una no puede pretender huir de sí misma, porque llega
siempre un momento en el que parece que realmente lo has conseguido. Lo peor es
que suele ser exactamente en ese momento, justo cuando te sientas en el asiento
del tren y dejas caer la cabeza de golpe contra el respaldo con un resoplido.
Justo en ese momento en el que asomas por un segundo la vista por la ventanilla
para comprobar que nadie te ha seguido hasta allí cuando compruebas con
tristeza que es imposible huir de una misma. Por que vuelves a estar de nuevo
ahí, mirándote fijamente, doblemente de frente. Al otro lado del cristal.

REFLEXIONES DE TREN

No es la primera vez que viajo en tren, pero si la primera
que viajo con esta sensación. Siento que no me voy, que me escapo, y que ni
siquiera me escapo con estilo, enfrentándome a lo que viene delante, si no que
me escapo un poco como sin querer, intentando agarrarme en cierta forma a
algunas cosas que aun quedaban del pasado. Huyo además sentada a
contra-dirección, como con recochineo, para poder ver mejor todo lo que dejo
atrás. Hoy no cojo un tren hacia mi futuro, simplemente me dejo alejar de mi
pasado. Y la verdad es que resulta extraño pensar en lo de absurdo que tiene el
tiempo cuando una huye sin querer hacerlo. Miro los árboles pasar a mi lado a
una velocidad de vértigo, en cuanto desaparecen de mi campo de visión, han
quedado en el pasado. Es decir, que en este momento es mi ventanilla de tren la
que determina cuando se es presente y cuando se es pasado. Me siento cangrejo y
me invade la melancolía. Los cangrejos siempre viajan como si tuvieran pena de marcharse, cogen sus
maletas, su caparazón lleno de vísceras y sus recuerdos de cangrejo y se
marchan. Pero lo hacen de espaldas, pasito a pasito despidiéndose con tranquilidad
de todo aquello que les ha rodeado durante mucho tiempo. Y así mismo m voy yo,
aferrándome a lo poco que me quedaba hace un momento, hace un momento porque ya
acaba de quedar atrás, detrás de un bosque de pinos, detrás de las montañas,
fuera de mi campo de vision. Todo pasado. Así que yo también me despido, como
buen cangrejo, me despido de la playa, me despido de la gente y de cada árbol
que se pierde en mi memoria a corto plazo. Sin embargo, lo que me asusta realmente
en este momento es pensar que, cuando llegue a mi destino y baje del vagon y me
aleje de esa ventanilla y salga de ese campo de visión, yo también me habré
convertido de pronto en pasado.

a veces se me olvida

Conseguí coger el tranvia por los pelos. Es lo que tiene la costumbre de sobrevivir a contrarreloj. Y es que el dia de hoy se llevaba el premio: reunión a primera hora, el desayuno recien tragado y las legañas adheridas al cerebro. Antes de que cierren, dejar los zapatos de jorge en el zapatero. Me olvido algo. Recoger a los niños del colegio, llevarlos a judo, traerlos de vuelta a casa. Llevarle la compra a mamá, pechugas de pollo, leche, pan y algo de fruta. Pero me olvido algo. Por la tarde, entregar los balances de fin de año, ver al jefe y aguantar sus tonterías. Pasar por la tintorería y recoger la americana nueva. Luego hacer la cena acostar a los niños, leer un par de páginas de alguna novelas de segunda mano de Isable Allende y hasta mañana. Todo tan planificado siempre y sin embargo esa horrible sensacion de que algo quedaba olvidado en alguna parte. Agarrada al pasamanos para no caerme con el traqueteo del tranvía me miraba de arriba a abajo y hacia repaso. Aparentemente lo tenía todo: las mochilas de los niños, la cartera, las llaves de casa, el movil… Y de pronto lo ví, justo delante de mis narices, la mirada lastimera de una pareja jóven. Sí definitivamente era eso, una vez más se me habia olvidado vivir.

Lo que hace la fiebre:

En medio del delirio que produce la fiebre de un constipado y rodeada de kleenex usados y reusados, las ideas se me escapan por todas partes para revolotear por la habitación, tropezando algunas con la lámpara que cuelga del techo y cayendo al suelo las más débiles. Me acerco con asombroso cuidado, con la manta sobre los hombros y les tomo el pulso a las que hace un momento agonizaban sobre los fríos baldosines del suelo. Esas, están muertas. Tengo miedo de que con el resto ocurra lo mismo así que abro la ventana de la habitación y las libero, intentándome convencer de que las que realmente importaban, volverán algún día.
Lo triste es que aún sigo esperando…